En Niza, el Mediterráneo aparece antes incluso de llegar a la orilla, ya que está presente en la luz que rebota sobre las fachadas, en el aire salino que atraviesa las plazas y en ese ritmo con el que la ciudad parece despertar cada mañana. Los puestos de flores comienzan a llenar Cours Saleya, los primeros corredores avanzan por el paseo de los Ingleses y las terrazas del casco antiguo se preparan para recibir a viajeros y vecinos. Todo sucede frente a una bahía intensamente azul que ha condicionado la historia, la estética y la personalidad de la quinta ciudad más poblada de Francia.

Situada cerca de la frontera italiana, Niza conserva una identidad particular dentro del territorio francés, ya que formó parte del Reino de Cerdeña hasta su incorporación definitiva a Francia en 1860, un pasado que todavía se reconoce en su arquitectura, su gastronomía y determinados nombres de calles. Durante el siglo XIX se convirtió en refugio invernal de la aristocracia europea, especialmente la británica, que dejó como herencia algunos edificios señoriales y el nombre de su paseo marítimo más célebre. A esa elegancia se sumaron después artistas como Henri Matisse y Marc Chagall, atraídos por una luminosidad difícil de encontrar en otros lugares.

En este artículo vamos a descubrir qué ver en Niza, recorriendo una ciudad de contrastes, capaz de reunir palacetes de la Belle Époque, callejones mediterráneos, mercados populares, yacimientos romanos y playas de guijarros. Su tamaño permite conocer muchos de sus atractivos caminando o en tren, aunque conviene reservar varios días para visitar sus museos y explorar los alrededores.
El paseo de los Ingleses y las playas de Niza

El paseo de los Ingleses es la imagen más reconocible de Niza y el gran eje que acompaña a la bahía de los Ángeles durante varios kilómetros. Su origen se remonta al siglo XIX, cuando los visitantes británicos que pasaban el invierno en la ciudad impulsaron la construcción de un camino junto al mar. Actualmente, este amplio paseo reúne peatones, corredores, ciclistas y patinadores frente a un Mediterráneo que cambia de tonalidad según la luz. Las características sillas azules permiten sentarse a contemplarlo, mientras que las palmeras y los pabellones de inspiración clásica refuerzan la elegancia del conjunto.
Entre los edificios que bordean el paseo sobresale el Hôtel Negresco, inaugurado en 1913 y convertido en uno de los símbolos de la Belle Époque nizarda. Su cúpula rosada y su fachada blanca recuerdan la época en la que la aristocracia europea llegaba a la Riviera Francesa buscando inviernos suaves. Cerca se encuentran el jardín Albert I y la extensión ajardinada de la Promenade du Paillon, que conecta el frente marítimo con la plaza Masséna.
Las playas de Niza no están cubiertas de arena, sino de los cantos rodados que los habitantes llaman galets. Por ello, resulta recomendable utilizar calzado acuático y llevar una esterilla suficientemente gruesa. A lo largo de la costa se alternan zonas públicas gratuitas con playas privadas que ofrecen tumbonas, sombrillas, vestuarios y restaurantes. Plage Beau Rivage es una de las más céntricas, mientras que Carras dispone de un ambiente algo más apartado.
Vieux Nice, Cours Saleya y la plaza Masséna

Vieux Nice concentra la cara más mediterránea de la ciudad, con calles estrechas, edificios altos y persianas tradicionales que recuerdan la cercanía de Italia. En el centro se encuentra la catedral de Santa Reparata, construida principalmente durante el siglo XVII y dedicada a la patrona de Niza. Su cúpula decorada con azulejos destaca sobre los tejados del barrio, y la animada plaza Rossetti que la rodea es un buen lugar para detenerse a comer un helado en Niza o simplemente observar la vida cotidiana.

A poca distancia se extiende Cours Saleya, una vía peatonal que funciona como punto de encuentro y corazón comercial del casco antiguo. La actividad cambia dependiendo del día y la hora: por la mañana predominan los puestos de flores, frutas, verduras y productos regionales, mientras que después las terrazas ocupan buena parte del espacio. Entre aromas de especias, aceitunas y productos horneados, merece la pena probar la socca, una torta fina elaborada con harina de garbanzo, aceite de oliva y sal, vinculada estrechamente a la cocina popular nizarda.
El recorrido puede continuar por la ópera y la plaza del Palacio de Justicia hasta desembocar en la plaza Masséna, reconocible por sus fachadas rojizas, sus soportales y su pavimento geométrico en blanco y negro. Sobre la plaza se distribuyen las figuras suspendidas de la obra Conversation à Nice, que se iluminan al anochecer. En uno de sus extremos aparece la fuente del Sol, presidida por una estatua de Apolo.
La colina del Castillo, el puerto y los mejores miradores
La colina del Castillo separa el casco antiguo del puerto y ofrece una de las mejores perspectivas de la bahía de los Ángeles. Pese a su nombre, en la actualidad no existe allí ningún castillo, ya que la antigua fortaleza fue destruida por orden de Luis XIV a comienzos del siglo XVIII. Se puede subir caminando mediante diferentes tramos de escaleras o utilizar el ascensor situado cerca del paseo marítimo. Desde los miradores superiores se contempla la curva del paseo de los Ingleses, los tejados rojizos de Vieux Nice y el azul del Mediterráneo formando una de las panorámicas más características de la ciudad.

La zona superior funciona hoy como un parque arbolado con senderos, áreas de descanso y una cascada artificial construida en el siglo XIX. Además, también conserva restos arqueológicos y dos cementerios históricos en los que reposan personalidades vinculadas a Niza. El mirador orientado hacia el este permite observar el puerto Lympia, rodeado por fachadas de tonos cálidos y embarcaciones de distintos tamaños.
Tras descender por la vertiente oriental se llega al puerto, desarrollado a partir del siglo XVIII y actualmente integrado en la vida urbana. Junto a grandes yates aparecen barcas tradicionales de madera, restaurantes y edificios como la iglesia de Notre-Dame-du-Port. Desde aquí se puede continuar hasta la plaza Île de Beauté y recorrer el animado entorno de la calle Bonaparte. Otra alternativa consiste en caminar hacia el monumento a los Caídos, excavado en la roca bajo la colina, y seguir la carretera litoral.
Los museos, barrios y rincones menos conocidos de Niza
Niza mantiene una relación muy estrecha con el arte, especialmente con los creadores que encontraron inspiración en la luz de la Costa Azul.
- En el barrio de Cimiez se encuentra el Museo Matisse, instalado en una villa genovesa del siglo XVII y dedicado a las distintas etapas del artista, que vivió en la ciudad durante varias décadas.
- Muy cerca aparecen las ruinas de la antigua Cemenelum, asentamiento romano que conserva restos de termas y un anfiteatro.
- El conjunto se completa con el monasterio de Cimiez, rodeado de jardines geométricos desde los que se obtienen buenas vistas de la parte oriental de Niza.
- Otro espacio fundamental es el Museo Nacional Marc Chagall, concebido para albergar el ciclo de obras que el pintor dedicó a los relatos bíblicos. El edificio presenta una arquitectura sobria que permite centrar la atención en lienzos de grandes dimensiones, vidrieras, mosaicos y otras creaciones del artista.
- Cerca del centro también se puede visitar el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo en proceso de renovación.
- Libération, un barrio articulado alrededor de un mercado frecuentado principalmente por residentes, tiene puestos de alimentos y comercios tradicionales.
- Hacia el oeste se alza la catedral ortodoxa de San Nicolás, construida a comienzos del siglo XX para atender a la numerosa comunidad rusa que pasaba temporadas en la Riviera. Sus cúpulas bulbosas, mosaicos y ornamentación crean un sorprendente contraste con la arquitectura mediterránea de Niza.
- El cercano barrio de los Músicos completa este recorrido alternativo con villas, jardines privados y edificios de la Belle Époque.
Qué ver cerca de Niza: Èze, Villefranche-sur-Mer, Mónaco y Antibes

La posición de Niza permite utilizar la ciudad como base para recorrer varios destinos de la Costa Azul sin cambiar de alojamiento.
- Villefranche-sur-Mer es una de las excursiones más sencillas por su cercanía y sus conexiones ferroviarias. Su casco antiguo desciende hacia una bahía protegida por colinas, creando una estampa dominada por fachadas de colores y pequeñas embarcaciones. Entre sus rincones más singulares destacan la oscura calle del Obscure, la ciudadela de Saint-Elme y la capilla de San Pedro, decorada por Jean Cocteau. La playa de Marinières, más arenosa que las de Niza, es perfecto para darse un baño.
- Èze propone una experiencia diferente, un pueblo medieval que se encuentra encaramado sobre una elevación rocosa y conserva un entramado de callejuelas, pasadizos y casas de piedra ocupado por talleres y pequeñas galerías. En su punto más alto se sitúa un jardín exótico desde el que se contempla buena parte del litoral. Eso sí, conviene distinguir el pueblo elevado de Èze-sur-Mer, situado junto a la costa, especialmente al organizar el transporte.
- Al este aparece Mónaco, donde se pueden visitar la Roca, el Palacio del Príncipe, la catedral, el Museo Oceanográfico y el célebre barrio de Montecarlo con su casino. Este lugar, famoso por uno de los circuitos de Fórmula 1 más populares del calendario automovilístico, reune enormes yates en su particular puerto.
- En dirección contraria se encuentra Antibes, una población amurallada con un casco histórico más tranquilo y recogido. El mercado provenzal, el puerto Vauban y el Museo Picasso, instalado en el castillo Grimaldi, forman sus principales atractivos. Desde las murallas se contemplan el Mediterráneo y las montañas, mientras que el cabo de Antibes ofrece bonitas calas y senderos costeros en los que perderse.
